Martes 16 de febrero – Roldanillo

 

Muy temprano esta mañana, como nos había prometido, apareció La Nube al bajarse en la salida hacia Bolívar de un microbús de “La Andina”. Desayunamos y subimos al despegue de La Tulia dándole un poco de tiempo al tiempo puesto que el día estaba algo “apagado”; ¡qué bien poder dar una esperita sin la preocupación del viento de cola!

Despegan muy temprano Johnathan y “Unda” un piloto local. Nosotros entre armada, risas y sueños de vuelos más allá de la frontera vamos viendo como las nubes van tomando forma y promete, por lo menos, sustentarnos un ratico. Decidimos hacer un casi cuadrado con “cilindro de arranque” (start) de entrada a 5km de la antena de Bolívar, Bolívar, La Herradura, Bugalagrande, La Paila y meta en La Pista. Corrales sale primero, algo escéptico de la posibilidad de completar la prueba, pero la térmica residente de la casa lo recibe muy bien y se trepa rápidamente y pronto se nos pierde de vista.

Aun en rampa nos concentramos en trabajar en ir corrigiendo unas pequeñas fallas que están acosando a La Nube respecto al despegue con su nueva ala. El viento, mucho más suave que ayer, y cruzado largo rato nos demora la salida. Pasan dos rachas aceptables y a la tercera ella se siente lista para despegar. Filmamos la salida y lo hace mucho mejor que el domingo, sobretodo se nota el intento por recuperar la actitud de antes y el esfuerzo por recuperar su técnica de despegue. Detrás sigo yo. La térmica residente no es tan bondadosa con nosotros como lo fue con el primero y, mientras raspamos loma, debemos soportar los reportes de Corrales diciendo: “Salgo para Bolívar ALTISSSSIMO, ¡háganle que esto está BUENISSSSSIMO y no cae nada!” Ni siquiera me atrevo a mirar donde está porque siento que el desespero se me va subiendo a la cabeza. Mientras tanto La Nube ha encontrado un núcleo y va llegando a base de nube y me dice que me acerque más a la torre; decidí no dejar mi núcleo que aunque suave subía constante. Momentos después se definió y logré treparme en el mientras veía que La Nube iba llegando a la escuelita. Pasamos derecho hacia Bolívar porque en La Escuelita no encontramos nada significativo e íbamos confiados en los reportes de Corrales y, efectivamente, lo veíamos adelante en la porra. Marcamos la boya de Bolívar seguimos con la altura que teníamos y la buena sustentación que había hasta La Herradura, desde donde Corrales nos insistía que le hiciéramos porque no caía y avisaba que empezaba a cruzar el Valle a muy buena altura. En efecto cuando logramos ubicarlo en el cielo, iba por encima de la base altísimo.  Llegamos a la segunda boya donde patinamos La Nube y yo, sin poder entender qué había pasado con la térmica de Corrales y mientras lo oíamos reportar llegando a Bugalagrande. Sentíamos núcleos erráticos y veíamos gallinazos trepar aquí y allá; a pesar de perseguirlos sin cesar, cada uno por su lado, no lográbamos trepar. Finalmente encontramos algo decente que llevó, por un lado, a La Nube a 2100m quien sin pensarlo dos veces se abrió hacia el valle en la cacería de Corrales y, por el otro, tímidamente me subió a 1850m momento en el cual supe que no podía arriesgar perder altura con los otros dos en plena fuga. La Nube atravesó el valle sin parar a girar, pero si desacelerando bajo un par de nubes decentes, llegando al otro lado con 1600m; altura suficiente para buscar algo que le asegurara el paso a la cuarta boya. Venía en la transición y no siento AB-SO-lutamente NADA en el trayecto, ni siquiera en los lugares que La Nube desaceleró o me indicó por radio…  Llegué con 1200m a Bugalagrande, suficiente altura para dar algunos giros y tratar de encontrar actividad en la zona. Corrales implacable insistía que no se caía y salía hacia La Paila, efectivamente podíamos ver que se encontraba en la MIERRRRR….no lo volví a ver. En medio de mi desespero por ganar aaaaalgo de altura que me salvara de aterrizar ahí, estoy sometido a los latigazos radiales que llegan de Corrales quien nos daba varilla por no haber cruzado el valle por la mejor línea; afortunadamente, intercede en mi favor y con clemencia La Nube, quien le pide amablemente que “de eso nos habla luego, más tarde” ignorando que ella se encontraba un par de kms más adelante en la misma situación que yo. Logré marcar la boya y no tuve más remedio que aterrizar al suroeste de Bugalagrande, lo que más tarde se reveló como una grata sorpresa.

La Nube, a pesar de sus intentos por salir del hueco en el que se encontraba y, al igual que yo, con la certeza que el día de hoy habíamos sido víctimas de innumerables tomadas de pelo por parte de los gallinazos, quienes se dedicaron a fingir térmicas por toda la zona, no tuvo más remedio que pedir reporte del viento y preparar su aproximación a 1km del peaje de La Uribe. Corrales reporta el ingenio y llegada certera a la meta…implacable.

Fui el último al que recogieron. Devolviéndonos de Bugalagrande entre risas y cuentos vemos una construcción tipo colonial en un triángulo muy particular al lado de la vieja estación del tren que nos llamó la atención. La Nube comenta siempre haber querido parar a conocer el lugar y después de muchos “sí”, “no”, “pero”, “otro día” frenamos y en reversa nos devolvemos a explorar. El lugar, a pesar de parecer abierto, no se veía movimiento. Dimos la vuelta a la manzana (triangular) y encontramos a un señor, ahí, sentado en el andén pelando unas algarrobas o peor conocido como “PECUECA”. Decidimos preguntarle al anciano acerca del sitio, si sabía algo del servicio. Para nuestra sorpresa EL era el propietario quien resultó ser un francés de la isla de Martinica que se enamoró de nuestra tierra y de una mujer y decidió trasladarse, precisamente a Bugalagrande. El sitio es un restaurante, terraza, café, ciber-café, ciber-rokola, salón de eventos y punto de encuentro; todo esto narrado por “Pierre” alias “Buricoco” (gallo selvático) nombre dado por los nativos del Congo, país en el que nació. El nombre del lugar, muy particular, muy acorde a su personalidad, su perspectiva y su calidad de ciudadano del mundo “L’Esperanto” (o algo así). Descubrimos que Pierre ha dedicado los últimos 5 años a reconstruir esa edificación (del s. XVIII) respetando en lo posible el estilo, a crear este placentero lugar al pie de un ciruelo gigante, a tomar fotos

y a hacer artesanías con semillas exóticas para exportar a Francia y Alemania. Por su parte la sorpresa fue finalmente haber encontrado cometistas de paso en la zona que el considera de excelentes condiciones para el vuelo y que lo hacen recordar sus horas en el aire hace 15 años en su Atlas en la isla.

Pasamos un par de horas ahí disfrutando de sus historias, aventuras y proyectos además de entregarnos a una degustación de Pecueca Bugalagrandeña de uno de sus árboles escondidos por ahí; amablemente, para bajar la sed producida por la fruta, nos ofrecen un jugo de mora natural y más tarde, un café. Conocemos a toda la familia, recorremos el lugar y tomamos varias fotos. En vista de la hora, del hambre y de la distancia que nos faltaba para llegar a Roldanillo, decidimos arrancar en una calurosa despedida en la cual Pierre, muy amablemente, nos invita a que lo visitemos nuevamente, vayamos a cenar y llevemos más amigos para compartir.

 

                              

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